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Jan Hendrix, en su casa

La experiencia fotográfica es más fuerte que la imagen misma. Dejar que una cámara cuelgue de mi brazo me ha introducido en diversas realidades y no siempre los olores, los sonidos, las palabras, las emociones generadas en esas atmósfera están en la imagen, esas, se quedan en la piel e impregnadas en la memoria, son el banco de experiencias que me han formado como persona; una maquinaria compleja que me transporta al mundo sensitivo, una alegoría estética que explota para sentir que solo es vida lo que transita frente a una máquina fotográfica y las imágenes son el testigo que nos hace caminar en una onda de Moebius, en un infinito mirar y revivir la historia detrás de la fotografía.

En el año 2000 inicié la toma de fotografías en la agencia Imagen Latina, fue la ventana que definió mi vocación de vivir experiencias en torno a la imagen, y el resultado de mis coberturas los fines de semana se develaba en un monitor que se conectaba con la red a 56kbs: El café, el tabaco y la voz del locutor de formato 21 enajenaban mis sentidos. También fue el año que visité la primera exposición que recuerdo: Bitácora, de Jan Hendrix, en el Centro de la Imagen de la Ciudad de México.

Las cajas de pequeño formato incitaron mis viajes, la idea de paisaje como referente del transito del artista no me significaban tanto como los objetos que contenían esas cajas, eran la parte narrativa que me inquietaba, esos objetos, aislados, eran los que contaban la otra parte que no era evidente en esas polaroids.

Seis años más tarde, el 26 de agosto, en la colonia Roma Norte visité la casa de Jan Hendrix. Nos saludó con voz potente, que mostraba a un hombre elegantemente vestido de negro. Tranquilo y pausado nos abrió su casa, una casona antigua, con una especie de sótano, de diseño industrial y el espacio estaba impregnado de orden. Cuando me vio entrar con el pesado y aparatoso equipo de iluminación Vanta, con una sonrisa amable y convincente me expresó su incomodidad por las fotos, que lo disculpara pero no le gustaba que le hicieran retratos. Son esos momentos incómodos llenos de frustración de tener la oportunidad de fotografíar a personajes que te influyeron con su trabajo... y no poder hacerlo.

Por unos momentos pudimos conversar sobre aquellas cajas y su tránsito por la fotografía, conversaciones invaluables que solo se sostienen por estar ahí, con una cámara al hombro.

Transcurrió la entrevista y me dijo que con gusto podía fotografiar la maqueta de uno de sus proyectos. Bajé a una habitación y efectivamente estaba su maqueta, puse una luz por debajo, al centro de la pieza. El acrílico proyectaba una luz difusa y permitía ver en alto contraste las formas orgánicas tan características de su trabajo. No recuerdo cuánto tiempo transcurrió. Bajó Hendrix y me pidió si podía ver el monitor de mi Nikon D200. Se detuvo un momento y con dificultad exploró varias imágenes en la pequeña pantalla. Con ese azul en su mirada y una sonrisa de complicidad me dijo: A ver, tómame unas fotos.

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Los nervios fueron inevitables y seleccionamos un par de lugares para hacer las fotografías, uno de sus libreros y su estudio, en silencio estaba la mesa donde trabaja a un lado de sus objetos. Debo confesar que cometí errores técnicos, no supe solucionar en ese momento el espacio tan reducido, pero era definitivo que debía generar una atmósfera contrastada, como su obra, rodeado de esos objetos y bocetos, para mi era Hendrix el coleccionista, el botánico, el artista.

Por cierto esta fotografía no se publicó.

En nuestra galería de Sociedad y Cultura encontrarás retratos de éste gran artista.

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    Carlos Aranda

    Fotógrafo, director de Piconline. Con base en la Ciudad de México. Emprendedor de corazón.

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